Te veo malito, caminar despacio, sin ganas. Me miras con esos ojuelos y te devuelvo mi mirada de impotencia. Mi alma de luchadora no te deja, pero el tiempo no pasa a nuestro favor, y además yo también tengo días malos. Tú siempre estás conmigo, fiel, pegadito a mí, casi aunque no puedas. Todos los días, los días que estás mejor y los que no tanto. Nunca sabré si sabes todo lo que te quiero. Todo lo que te llevo queriendo los últimos 18 años que llevas inundando mi corazón con tu compañía y tu calor (aunque me hagas dormir en el bordecito de la cama y tu acabes en el medio todo pancho).
A veces todo lo más importante del día no es el trabajo, ni algún café con corazón al otro lado, ni si quiera que todo me vaya bien a mí. A veces, lo más importante es que te tomes todas las pastillas sin protestar, sin dar mil vueltas, o que comas, que comas algo, un poquito, cuando me paso una hora haciéndote comida y yo acabo sin hambre y me como lo primero que pillo sin ganas, por comer algo, o casi por si quieres comer de lo mío.
Perdona los días que decaigo, perdona los ratos de desasosiego y de impotencia, de llegar a decirte que no puedo hacer más, porque tú siempre haces más de lo que puedes, porque tú siempre vienes cuando yo regreso, porque tú siempre compartes mi presencia y mis ausencias. Tú siempre.
Aquí a mi vera, como ahora mismo. Sin más. Placidamente. Pancitarriba. Sin comprender porque cada vez que saltas de la cama provocas mi desvelo por preocupación, como si fueses un bebé. Como ahora mismo, que te levantas y yo dejo esto para atender a mi pequeño gran corazón peludo... y a esperar como siempre, que como decía lalo 'resistir es vencer'.

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