Hoy voy a compartiros un recuerdo precioso que va ligado a mi profesión. Uno que tengo la osadía de contaros, porque me atrevería a apostar que cada uno de vosotros tiene el suyo propio con esta misma circunstancia.
Cuántas veces he mantenido esta conversación con quienes comparten mis pasos. Ellos me preguntan: ¿qué has estudiado? y yo toda orgullosa hincho el pecho y me brota un: 'educación social' con una seguridad y una fuerza que invita al silencio. Al silencio lleno de orgullo. Al silencio que rompe una demoledora pregunta que siempre acompaña a esa firme respuesta y que es: ¿y qué es un educador social? y a esta nueva cuestión siempre le sigue un suspiro sonriente y un pensar: cómo te explico yo de forma sencilla todo lo que siento...
Mi recuerdo viene asociado a la figura de abuelito. El tenía cinco nietos, sin duda la rara era yo. Seguramente me catalogó así desde bien pequeña cuando lejos de aspirar a ser veterinaria o profesora, yo tenía muy claro que quería ser misionera. Él y yo compartíamos sueños y caminos, caminos que anhelaba se alejaran lo más posible de marcharme de su lado a otro lugar donde hubiera gente que ayudar.
Con el tiempo, la experiencia y la búsqueda comprendí que el camino de la ayuda comienza de dentro afuera. Que no para ayudar tenía que desplazarme miles de kilómetros porque a nuestro mismo lado hay personas que necesitan apoyo y consuelo.
Ambos compartimos el gozo de disfrutar de lo que cada uno queríamos sin llegar a separarnos. Y así sucedió que comencé a estudiar Educación Social para formarme profesionalmente en lo que realmente amaba desde niña. Y ahí es cuando comienza el recuerdo compartido de una pregunta que a todos os han hecho:
- Cariño, y eso que estudias... ¿qué dices que es?
Probablemente la primera persona que me hizo esta pregunta, o al menos así recuerdo, fue mi abuelito y seguro que yo le contesté:
- 'Lalo', un educador social es una persona que ayuda a personas.
A lo que él, con sus vivencias, su trayectoria, su historia vivida y sus circunstancias, me preguntó:
- Ah... ¿y para eso hay que ir a la universidad?
Sí, en esos momentos es cuando explicas la diferencia entre las madres que lo curan todo con la mejor medicina del mundo que es el cariño, y las enfermeras cuyo ejercicio de la profesión es incuestionable.
Recuerdo, que pasé muchos ratos hablándole de mi profesión y tratándole de explicar lo que me hace sentir, probablemente hasta el punto de contagiarle un poquito de mi amor por ella. Y así debió ser, porque una tarde, sentado en su mecedora volvió a preguntarme:
- Cariño, y eso que estudias... ¿cómo dices que se llama?
- Educación Social 'lalo'.
Y esa tarde, sin dejar de asentir con la cabeza, mi 'lalo' lo anotó con mucho cariño en la última página de su agenda telefónica a fin de recordarse, porque el resto de sus nietos estudiaban carreras 'normales': ingenierías, magisterio...
Así reza uno de los recuerdos que más atesoro de mi profesión:
'Mi nieta estudia: educación social.'
Isi Taborga
